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Vivir en casa de alguno de los hijos, junto a los nietos, puede ser una experiencia enriquecedora para la familia al completo, pero también pueden surgir problemas si no se sientan las bases correctas.
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Cuando doña Luisa de Sánchez quedó viuda, su hija mayor le pidió que fuera a vivir con ella y su familia. Doña Luisa no quería vivir sola, pero tampoco ser un estorbo en la casa donde su hija vivía con su esposo y sus dos hijos. Al final decidió aceptar la oferta y se mudó.
Al principio la hicieron sentir querida, pero con el paso del tiempo empezaron los roces: ella no soportaba el olor del perro y ellos se negaban a sacarlo al patio. Los chicos escuchaban la televisión a todo volumen cuando ella ya quería irse a la cama. Ella necesitaba que el almuerzo se sirviera a las doce en punto y el resto de familia quería comer hasta pasada la una.
Como el caso de doña Luisa hay muchos en Guatemala, donde la cultura en muchos casos dicta que los abuelos deben vivir con la familia y no en un hogar o un centro de acogida, como se acostumbra en otros países. Pero eso implica aprender a convivir con respeto y armonía.
La psicóloga Carolina Briz explica que, cuando un abuelo o abuela se muda a vivir con los hijos, en primer lugar, hay que tomar en cuenta al núcleo familiar y hablarlo entre todos los miembros. «Tener una reunión en familia, la comunicación abierta para contar los cambios que habrá en la vida diaria de la familia», comenta.
Briz explica que es esencial enseñarles a los hijos lo importante que es «dar desde el amor». La psicóloga cuenta que existen tres formas de «dar» a los demás: desde el amor, desde la culpa, o desde el enojo.
Cualquier cosa que la familia dé con culpa, porque sienten que tienen que hacerlo, causará problemas; lo mismo si lo hacen molestos, obligados. Así que en su opinión los miembros de la familia deben saber que lo mejor es «dar» de forma amorosa, porque los amamos, no porque nos sentimos culpables o nos obligan.
«Son personas que son útiles, pero que pueden llevar un estado emocional delicado, quizá perdieron a alguien, quizá perdieron su sustento. Hay que tener mucha empatía», cuenta.
La relación más complicada se puede dar entre nietos adolescentes y abuelos. Pero Briz comenta que es importante que los padres les hagan ver a sus hijos que ellos también llegarán a esa edad y que deben tratar como les gustaría ser tratados. «Sobre todo los papás tienen que educar con el ejemplo a los niños, tratar a los adultos mayores con respeto y haciéndoles sentir valorados».
Carolina también recomienda darle al abuelo o abuela alguna actividad en casa que puedan hacer y les haga sentirse productivos, algo que sea importante, aunque sea sencillo y siempre de acuerdo a sus posibilidades.
¿Quién manda a quién?
El dilema empieza cuando el padre, adulto mayor, quiere mandar a su hijo adulto. Como padre que lo educó, puede sentir que tiene el derecho de seguir dando órdenes. Pero los hijos adultos se molestan, quieren ser ellos quienes les digan qué hacer a los padres.
¿Quién tiene la razón? «Los abuelos están llegando a la casa de los hijos, pero no son la cabeza de esa casa. Debe haber comunicación abierta para que respeten las reglas de la casa a la que llegan y discutir en familia qué está permitido y qué no, para llegar a acuerdos conjuntos», aconseja Briz.
«Hay muchos abuelos que quiere consentir a los nietos y eso se puede convertir en un problema mayúsculo si desautorizan a los papás. Un abuelito puede alcahuetear a un nieto en su propia casa, porque allí ellos ponen las reglas, pero no en el hogar de los hijos», concluye.
Muchas familias consiguen el equilibro y la armonía. Los abuelos se sienten queridos y acompañados, y los padres y nietos enriquecidos con la presencia del adulto mayor. Cuando, como explica Briz, se busca el amor que se siente uno por el otro, las cosas pueden funcionar de maravilla.

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